domingo, 30 de marzo de 2008

Miedos

Tengo miedo. La tarde es gris y la tristeza
del cielo se abre como una boca de muerto.
Tiene mi corazón un llanto de princesa
olvidada en el fondo de un palacio desierto.

Tengo miedo, Pablo Neruda.

Ser consciente de a qué le tienes miedo es un lío, generalmente porque a la gente le parece extraño tener asumidas algunas limitaciones. Para mí es como el cuento de la princesa que no podía dormir porque sentía un guisante en su cama, no importaba que estuviese sobre cien colchones, ella lo sentía, no hay tranquilidad, no hay paz, no hay descanso, cuando uno tiene un miedo. Cuando es extremo , como una fobia por ejemplo, la gente te lo respeta. Pero cuando alguien dice "tengo miedo del compromiso", la respuesta inmediata, al menos por parte de las mujeres, es desagrado. Es cierto que algunas cosas deben permanecer como análisis personales, pero también es cierto que moderadas dosis de honestidad vuelven mucho más sólidas las palabras y el actuar.
Yo le tengo miedo a los niveles de adrenalina, subirme a una montaña rusa definitivamente no le agrada a mi cuerpo. Me altero, me siento mal. La consecuencia a eso es "eres una aburrida, que fome que eres, que miedosa". Yo no sé desde cuando el gritar montado en una estructura de hierros es sinónimo de diversión, pero bueno, a la mayoría de las personas les gustan esas emociones y entonces mi miedo me limita de compartir esas experiencias.
Hay lugares más profundos donde se esconde el miedo, que afectan más a la calidad de vida, sin dejar tu mente tranquila. Son aquellos miedos que vuelven a aparecer como recuerdos e imágenes en la mente, hablo del miedo al rechazo, el miedo al ridículo, al miedo de lo que la gente piense.. etc. Aquellas películas que pasan una y otra vez por nuestra cabeza, haciéndonos sentir igual de mal que al momento de haberlas vivido. Eso son los miedos que crecen como la mala yerba y tienen raíces profundas. Cuando uno es consiente de su existencia se atreve a ponerse a escarbar esa tierra, o a revisar entre los colchones hasta encontrar el guisante.
¿Cuál es la raíz de tu miedo? ¿Cuándo empezó todo?¿Cuándo fue la primera vez que experimentaste esa sensación? Si puedes recordar el escenario donde todo ocurrió puede ser más fácil desglosar la emoción, hasta volverla menos amenazante, puedes perdonarte y justificarte. Cuando te toque enfrentar una situación parecida, ya estarás preparado.

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